Castellano   English
29-09-2010

Desde una mota de polvo

"Nuestro planeta es una mota solidaria en la inmensa oscuridad cósmica". De esta forma, con las palabras del propio Carl Sagan, comenzaba el homenaje que el Observatori de Comunicació Científica (OCC) organizó este martes 28 de septiembre en la Universidad Pompeu Fabra con motivo del trigésimo aniversario de la emisión de la serie Cosmos, dirigida por Carl Sagan.

 

El Auditori del Campus de Comunicación contó con la presencia de un nutrido público, decenas de personas de mediana edad y también jóvenes cautivados por la magia del inolvidable científico.


Vladimir de Semir, director del OCC, confesó emocionarse todavía al volver a ver los capítulos de la famosa serie. Otro ferviente admirador y ponente, Miquel Barceló, catedrático de la Facultad de Informática de la Universidad Politénica de Catalunya, explicó que la primera vez que leyó el nombre de Carl Sagan fue a través de la biografía de otro gran investigador Isaac Asimov. Éste describió la sorpresa que se llevó cuando conoció a Sagan, pues se esperaba un astrónomo viejo y de barba larga, pero se encontró con un joven atractivo e inteligente. "De hecho, Asimov aseguraba que Marvin Minsky y Carl Sagan eran más inteligentes que él", añadió Barceló.

 

Treinta años después de su estreno llama la atención "el ritmo lento de los episodios" pero, según el catedrático, "no es algo negativo porque se trata de una serie reflexiva y su objetivo es que pensemos sobre lo que estamos viendo y sus consecuencias". Según él, tras el éxito conseguido con Cosmos, el científico y su equipo escribieron Nucleus, una serie que trataba sobre la física nuclear para la cadena ABC. Sin embargo, "como iba a criticar el armamento nuclear, no llegó a salir adelante", se lamentó Barceló.


Ordenadores y pipetas

Joan Úbeda, responsable de Media 3.14, de MEDIAPRO, otro de los ponentes, se encargó de analizar cómo se divulga hoy la ciencia a través de la televisión, treinta años después. "El problema de la ciencia es su opacidad. Cuando vas a grabar a científicos sólo ves ordenadores o pipetas", explicó. Este hermetismo junto con el complejo lenguaje científico y la sobreabundancia de cifras entre las que se mueve la ciencia provocan que, a su juicio, sea difícil que ésta "emocione" a los espectadores.

 

Tres décadas después, el ritmo que reina en el lenguaje audiovisual "es más acelerado y hay una clara tendencia a la espectacularización", añadió, porque así los programas intentan llamar la atención del espectador entre tanta oferta de canales. Otras de las herramientas que se utilizan en la actualidad, según Úbeda, son personajes con gancho (como por ejemplo Mythbusters) ayudarse de la tecnología o los cambios de escala (como en The human footprint).


¿La tiranía de la audiencia?

En este punto comenzó un animado debate con el público ya que, uno de los asistentes se planteó si este tipo de espacios científicos actuales consiguen despertar vocaciones científicas como logró Sagan con Cosmos. "Pueden conseguir que el público se emocione con el conocimiento que ve y eso ya es un primer paso", le respondió Úbeda. Sin embargo, en opinión de Miquel Barceló, un medio como la televisión, cuyo fin es entretener difícilmente puede hacer llegar al gran público contenido científico ya que éste "requiere hacer un esfuerzo para entenderlo". Tanto Vladimir de Semir como Joan Úbeda coincidieron en indicar que en la televisión "es la oferta la que crea a la demanda" y que "no existe una voluntad política para autorregular el contenido televisivo". "Tendremos que esperar unos años para ver si Internet ocupa su lugar", añadió Barceló.

 

En el acto se visionaron diferentes fragmentos de Cosmos y un reportaje donde destacados científicos y periodistas elogiaban la figura de Carl Sagan. Además, el diario Público regaló a todos los asistentes el primer DVD de la serie. "Podemos usar nuestra compasión y nuestra inteligencia, nuestra tecnología y nuestra riqueza para conseguir que todos los habitantes de este planeta tengan una vida rica y significativa", decía Carl Sagan en uno de los episodios de Cosmos y con estas palabras concluyó el cariñoso homenaje.